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Ensayos escogidos

El escritor británico Chesterton era un tomista de armas tomar. Para él, el aristotelismo de Tomás de Aquino se basaba en que el estudio de los hechos más humildes, como un gusano o una lechuga, conduce al estudio de las verdades más elevadas. 

La revolución aristotélica se podía poner en marcha, pues, en una educación que busca la Verdad en el estudio de las cosas del mundo. Esa educación debe ser vigente hoy, en un mundo tan distinto y tan parecido al medieval. 



La costumbre moderna de decir: "Todo el mundo tiene su propia filosofía; ésta es la mía y la que me conviene", es una costumbre que sólo revela debilidad mental. (p. 205)

En suma, el filósofo medieval sigue de cerca la realidad de las cosas, la mutabilidad de las cosas y todo lo que puede atribuirse a las cosas, sin perder el contacto con el punto original de la realidad (...) Lo engañoso de las cosas, que ha causado un efecto tan triste en muchos sabios, tiene un efecto casi contrario en él. Si las cosas nos engañan,…
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El príncipe destronado

Ahora que ha nacido la pequeña y el bebé Marc se la mira en silencio, como un "príncipe destronado", me viene a la memoria aquella novela corta de Miguel Delibes, que desarrolla, a lo largo de unas horas de un día de invierno, esa mirada del niño de tres años hacia su hermanita recién nacida.  


-Lo malo es luego -dijo-, el día que falta Mamá o se dan cuenta de que Mamá siente los mismos temores que sienten ellos. Y lo peor es que eso ya no tiene remedio.

Miguel Delibes, El príncipe destronado, 1973

La Cartuja de Parma

El indomable Fabricio se encuentra, tan joven e inexperto, en medio de la batalla de Waterloo, en junio de 1815, entre el estruendo de los cañones y el olor intenso a pólvora y tierra. Napoleón pasa por su lado y no le reconoce. Ve cómo corren los soldados para ganar un trozo de terreno, y ve cómo mueren atravesados por las balas enemigas o por los cañonazos atronadores. Lo ve todo y no ve nada. El joven está tan desorientado que no para de repetirse si está participando, o no, en aquel enfrentamiento militar. Porque no es lo mismo la guerra sobre el papel, como idea, que en vivo, como acontecimiento innegable. No es igual el mundo abstracto de las ideas que la dura realidad de las bombas, la sangre y la muerte. 

Esto refleja, de alguna manera, el misterio de la existencia en unas circunstancias concretas. Así como el joven Fabricio lucha en una batalla sin saber muy bien lo que ocurre ni cuál es su papel en ella, nosotros podemos sentir algo parecido en la rutina cotidiana. La realida…

El amor de Erika Ewald

Erika Ewald es una joven pianista austríaca que lleva una existencia rutinaria, hasta que se enamora de otro músico que toca el violín con ella. Erika es apasionada e introvertida. Y se siente atraída al abismo del desamor a través de la experiencia estética de interpretar a Chopin con ese chico. Ella no sabe si aceptar la realidad o dejarse llevar más allá de los límites de la razón en diálogo con un corazón hecho para amar.


Una nostálgica necesidad de ternura se agitaba en ella (...); se sentía inerme e indescriptiblemente pobre ante su música, porque no podía ofrecer nada y sólo recibía, mendigando con las manos temblorosas abiertas hacia él.

Stefan Zweig, El amor de Erika Ewald, 1904

La tía Julia y el escribidor

Uno no es escritor hasta que se enamora de los libros y vive en una buhardilla de una ciudad extranjera. En mi caso no fue Dumas ni París, sino Kafka y Cracovia. Sé que hubiera quedado más literario decir Praga, pero en aquella época de estudiante había conocido, en un pueblo sueco, a una chica polaca, y me había ido, por amor, a vivir a su ciudad. 

Me he acordado de ese episodio romántico de mi vida al leer esta novela del escritor peruano Vargas Llosa, que narra la historia de un joven aspirante a escritor que sueña con vivir en París y enamorarse de un amor prohibido, como su tía política, una mujer divorciada y catorce años mayor que él.


Le dije que quería escribir desde que había leído por primera vez a Alejandro Dumas, y que desde entonces soñaba con viajar a Francia y vivir en una buhardilla, en el barrio de los artistas, entregado totalmente a la literatura, la cosa más formidable del mundo.

Mario Vargas Llosa, La tía Julia y el escribidor, 1977

Homo Deus

Inquietante. Así se podría resumir la continuación de Sapiens. Para el autor israelí, queramos o no, vamos de cabeza al transhumanismo, o al final de la raza humana. 

El siguiente paso de la muerte de Dios (promulgada por Nietzsche en el siglo XIX) es la muerte de lo humano y el nacimiento de una raza nueva, superhumana (al alcance, quizá, sólo de una élite, que no será sólo económica, sino biológica).

Para Harari, la muerte no es un problema filosófico, sino técnico. No somos más que una suma compleja de algoritmos bioquímicos y genes. "El individuo libre es sólo un cuento ficticio pergeñado por una asamblea de algoritmos bioquímicos". La conciencia es creada por reacciones electroquímicas que tienen lugar en el cerebro, y las experiencias sólo son procesamiento de datos. 

Este ensayo bien se podría leer con la música diseñada por inteligencia artificial de Cope. La religión de los datos, hija de la biología y la informática, nos avisa de que la inteligencia artificial ya es c…

La ética de la autenticidad

El filósofo canadiense expone el "malestar de la modernidad" desde una crítica social, que señala el ejercicio del comunitarismo democrático para construir la identidad personal y colectiva. 
El problema de este gran malestar, en parte, es el atomismo de una sociedad que otorga una gran importancia a la razón instrumental (a las competencias, en educación) y a un invidivualismo exacerbado que supone "centrarse en el yo, lo que aplana y estrecha a la vez nuestras vidas, las empobrece de sentido, y las hace perder interés por los demás o por la sociedad" (p. 40).

El peligro no lo constituye el despotismo, sino la fragmentación, a saber, un pueblo cada vez más incapaz de ponerse objetivos comunes y llevarlos a cabo. La fragmentación aparece cuando la gente comienza a considerarse de forma cada vez más atomista, dicho de otra manera, cada vez menos ligada a sus conciudadanos en proyectos y lealtades comunes. (p. 138)
Charles Taylor, La ética de la autenticidad, 1991