lunes 16 de noviembre de 2009

El anarquista Josep Alomà

Esta semana mi colega Ramon Gras i Alomà presenta el libro Una utopia, una esperança, las memorias de su abuelo, el anarquista Josep Alomà, que salvó cientos de vidas de la represión franquista en Tarragona.

Josep Alomà fue, durante la guerra civil española, tinent d'alcalde del ayuntamiento de Tarragona por la CNT-FAI, director del Diari de Tarragona (portavoz de la CNT) y presidente del Consell d'Escola Nova Unificada, donde impulsó "una pedagogía nueva y moderna". Al acabar la guerra, gracias a su intervención salvó la vida de muchas personas, como recogen las fuentes:

“El que subscribe, Joaquín Sánchez Calvo, de estado casado, de 65 años de edad y Representante de la Compañía Arrendataria de Tabacos en la Provincia de Castellón, CERTIFICA: que durante la revolución marxista residía en la ciudad de Tarragona y que, gracias a la protección que sin conocerle le prestó José Alomá, a quien recurrió en demanda de ayuda, pudo salvar su vida, seriamente amenazada, así como la de su hijo Pedro Sánchez Sánchez. […]. También hace constar el declarante que muchas personas, algunas de ellas detenidas en el barco y que seguramente habrían sido fusiladas, se salvaron mediante la intervención del mismo Alomá”.

Esta historia merece ser leída con calma porque me interesan mucho las historias personales, las memorias, que son más poderosas, a veces, que los manuales de Historia. Además, la vida de Josep Alomà tuvo que ser fascinante. El abuelo de mi colega bien se merece este homenaje y una calle en Tarragona.

domingo 1 de noviembre de 2009

La División Azul

En un acto deliberado de vanidad, busqué mi libro por Internet por si alguien decía algo en este espacio tan increíble de la red. Me encontré con unas críticas bastante positivas en varios foros republicanos, que no tienen mucha importancia, ya que la obra es un homenaje a los aviadores de las FARE y es normal que el tema guste. Lo que me sorprendió de verdad fue la crítica de un foro de la División Azul, donde me tildan de "fanático comunista"... ¿Comunista, yo?


Aquellos hombres heridos de guerra, de pensamiento tan distinto al mío, habían ido a combatir como voluntarios del ejército alemán a orillas del río Voljov, a miles de kilómetros de sus hogares, de las familias y quizá de las novias que les estaban esperando, para proteger a Europa del régimen soviético de Stalin.

Uno de ellos confesó que había ido al frente en el Báltico por dinero, como un mercenario. Quería casarse con su joven novia, pero su futuro suegro había dejado muy claro que no podía consentir aquel matrimonio si él no tenía ni un céntimo para cuidar de su hija. Si se alistaba en la División Azul obtendría el sueldo máximo del ejército español más el excelente salario alemán. Y en cuanto saliera del hospital que regentaba sor Herminia podría cumplir su anhelo, después de tanto tiempo de sufrimiento y separación...

Puedo decirte que aprendí mucho de ellos. A la mayoría de hombres le gusta leer los periódicos afines a sus inclinaciones políticas o charlar sólo con personas de su misma ideología; porque someter a juicio los propios ideales resulta a menudo algo arduo y difícil, y no todos quieren salir de la comodidad de no reflexionar. Yo antes estaba convencido de que aquellos mercenarios de la División Azul eran de la peor calaña, pero al conocer a algunos de ellos me di cuenta de que no eran como los nazis aunque llevaran el indigno uniforme del III Reich. No se proclamaban antisemitas ni tenían afán de conquistar pueblos. Me parecían simplemente unos locos que habían abandonado la seguridad de sus hogares en busca de aventuras, como don Quijote.

–Os habéis estrellado contra molinos de viento –suspiré.

–Ojalá la URSS no fuera el gigante que en realidad es. Si ganan esta guerra habrá más muerte y sufrimiento, sobre todo en los humildes pueblos que someterán en el Este.

(fragmento del capítulo XV)

miércoles 28 de octubre de 2009

Reus

Sí, soy de Tarragona, pero me gusta Reus de noche. Es una ciudad llena de vida y arte. Hay Historia en sus plazas. La escuadrilla de aviadores de mi abuelo estuvo ahí, hace ya tantos años:

Tuve el honor de defender las Tierras del Ebro en los últimos campos de aviación de las FARE. Desde Banyoles fuimos al aeródromo de Reus, uno de los mejores campos de aviación que conocí. Allí, como en el de Sabadell, se ensamblaban los chatos desde el verano de 1937, año en que entré en la aviación. Entonces habían dejado de importarlos en barco desde la URSS hasta los puertos de Cartagena y de Bilbao. En Reus pasé una semana inolvidable.

La ciudad del general Prim amaba a los aviadores republicanos. La última noche fuimos al centro de la ciudad a cenar, uniformados de gala. Al salir del restaurante, en la calle estaban bailando sardanas. Cuando llegamos a la plaza del Mercadal, nos sorprendió la casa Navàs de Domènech i Muntaner, que se erguía en una esquina, amputada de torre por una bomba de la aviación enemiga. La ciudad de comerciantes y modernistas sufría por tanta destrucción, como lloraban los muros milenarios del monasterio de Poblet, a unos kilómetros de allí. Reus se lamentaba, pero esa noche estaba vestida de fiesta. Y empezaron los pasodobles. Sacamos a algunas chicas para bailar. Las alegres faldas azules danzaban al son de la música. Ellas, radiantes, se abandonaban en nuestros brazos bajo las arcadas de las plazas de piedra que destellaban con la magia de Gaudí lejos, tan lejos, de la guerra.

(fragmento del capítulo X)

sábado 17 de octubre de 2009

Memorias de ultratumba

Hace unos años, tomándome una Tiskie en el barrio de Podgórze, a orillas del Vístula, en Cracovia, un compañero comunista me recomendó dos libros de memorias para hacer una segunda edición de Estos días azules. El primero es Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, que tengo apilado en el suelo de mi habitación desde hace meses. El segundo lo acabé ayer, el primer volumen de Memorias de ultratumba de Chateaubriand, que dulcemente me ha robado varias horas de sueño:

“Una cosa me humilla: la memoria es a menudo un rasgo distintivo de la necedad; es propia generalmente de los espíritus lerdos, a los que vuelve más pesados aún por bagaje que los sobrecarga. Y ello no obstante, ¿qué seríamos sin la memoria? Olvidaríamos nuestras amistades, nuestros amores, nuestros placeres, nuestras ocupaciones; el genio no podría reunir sus ideas; el corazón más afectuoso perdería su ternura si dejara de recordar; nuestra existencia se vería reducida a los momentos sucesivos de un presente que discurre sin cesar; no habría ya pasado. ¡Oh, miserables de nosotros! Tan vana es nuestra vida que no es más que un reflejo de nuestra memoria.” (pp. 67-68)

"¿Por qué le mayor crimen y la mayor gloria radican en derramar la sangre del hombre?" (p. 71)

“Las matemáticas, el griego y el latín ocuparon todo mi invierno en el colegio. El tiempo que no estaba consagrado al estudio se dedicaba a esos juegos del comienzo de la vida, que son parecidos en todas partes. El niño inglés, el niño alemán, el niño italiano, el niño español, el niño iroqués, el niño beduino hacen rodar el aro y lanzan la pelota. Hermanos de una gran familia, los niños no pierden sus rasgos de semejanza sino al perder la inocencia, la misma en todas partes. Entonces las pasiones modificadas por los climas, los gobiernos y las costumbres hacen a las naciones distintas; el género humano deja de comprenderse y de hablar el mismo lenguaje; es la sociedad la que es la verdadera torre de Babel.” (p.84)

“Unos amigos nos dejan, otros los suceden; nuestras relaciones varían: siempre hay un tiempo en el que no poseíamos nada de lo que poseemos, un tiempo en el que no tenemos nada de lo que tuvimos. El hombre no tiene una sola y única vida; tiene varias puestas una tras otra, y ésta es su miseria.” (p.135).

viernes 18 de septiembre de 2009

¿En qué bando hubieras luchado?

Lo que me explicaba mi abuelo era tan terrible que aún me planteo cómo pudo superarlo, cómo pudo sobrevivir y ser feliz. Es un misterio. Le tocó vivir en aquella época, y en el verano de 1936 tomó la firme decisión de luchar en las Milicias Ferroviarias -un año más tarde, entraría en las Fuerzas Aéreas de la República Española (como saben los que ya han leído Estos días azules).

¿Y yo? ¿Qué hubiera hecho en su lugar? ¿Hubiera luchado por defender la República? ¿Hubiera apoyado a los rebeldes que dieron el golpe de Estado? ¿Me hubiera exiliado a Francia? Aquí, a la derecha de la pantalla, os dejo una encuesta para responder a una pregunta sencilla. Sin embargo, mi abuelo siempre decía que las preguntas sencillas a veces no tienen respuestas sencillas.

PD: ¡Votad en la encuesta! El 20-N sabremos el resultado.

martes 4 de agosto de 2009

Mis 10 libros

Me apasiona leer. Me encantan las librerías y, sobre todo, las viejas bibliotecas. Allí me perdería horas. Acabo de llegar del silencio de la Library del Trinity College, y de arrodillar mi corazón a las almas de aquellos libros. Todo escritor, por malo que sea, debe ser un gran lector y visitar, de vez en cuando, las mejores bibliotecas del mundo.

Allí, en la ciudad de James Joyce (reconozco que no he leído aún su Ulises), me acordé de un viejo amigo que ahora está fondeado en su barco. Me lo imagino leyendo a Virgilio en su camarote, a escondidas. Este marino, enamorado de las Humanidades, me preguntó un día cúal era la lista de mis 10 libros favoritos.

Hacer un top-ten de Literatura no es más que desvelar las preferencias de un lector. Dirá mucho de mí esta singular lista, de los libros que me gusta leer, los que quiero leer, y sobre todo los que anhelo releer:


1. Don Quijote de la Mancha, CERVANTES: la cima de la Literatura Universal. Don Quijote es un gran maestro de la vida.

2. Hamlet, SHAKESPEARE: el gran teatro, como la vida. Todos dudamos.

3. Crimen y castigo, DOSTOIEVSKI: me faltó muy poco para agarrar un hacha y acabar con la vieja usurera que me alquilaba una buhardilla en Cracovia.

4. Guerra y paz, TOLSTOI: gran obra de amor y guerra. Era el libro imprescindible antes de ponerme a escribir Estos días azules.

5. El señor de los anillos, TOLKIEN: los dragones existen. El padre de la literatura fantástica moderna. El Silmallirion quizá ocuparía su lugar, para los fanáticos de Tolkien.

6. Un mundo feliz, HUXLEY: vivimos sin duda en ese mundo feliz. Escrito en 1933, es un libro profético para este siglo XXI que empieza. Oh, brave new world!

7. Cuentos, CHEJOV: para el marino, es un retrato vivo, lúcido, de la condición humana, y llave de la literatura contemporánea. No puedo estar más de acuerdo.

8. Divina Comedia, DANTE: el gran libro del Renacimiento, la cumbre de la literatura italiana y una obra eterna.

9. Eneida, VIRGILIO: es una pena no saber latín para leer esta gran epopeya. Dicen que el escritor mandó quemar la obra en el lecho de muerte, más o menos como Kafka. El libro cuarto es una joya (en una de sus múltiples lecturas, podemos entender un poco más la diferencia de la psicología entre hombres y mujeres).

10. Poesía, LOPE DE VEGA: grandísimo, humano, espiritual, poderoso. Sus versos son la banda sonora de mi vida. Lope es Lope.


PD: Quedan en el banquillo muchos, entre ellos Kafka, Borges, Stendhal, Thomas Mann, Unamuno, Machado...

jueves 25 de junio de 2009

Tiempos de guerra 1936-1939

–Estoy orgulloso de que luchéis contra el fascismo –nos dijo mi padre. Para él, como hombre idealista, era un honor que fuéramos al frente. Y yo no quería luchar porque me lo hubiese pedido él. Yo quería hacerlo por la libertad, por mi país y por la democracia republicana. Porque había hecho mías sus ideas políticas. No podía haber sido de otro modo. No se puede luchar si no hay fe. Pero en el fondo estaba muerto de miedo. Todos lo estábamos. Aunque en casa me llamaban “Bolchevique”, la idea de empuñar un arma me ponía de los nervios.

(fragmento del capítulo V)

viernes 29 de mayo de 2009

Tiempos de héroes 1917-1936

Antes de la primera huelga general revolucionaria, Tadeo gozaba de cierto prestigio en la importante red ferroviaria de Caminos de Hierro del Norte. Era muy bueno, y además le encantaba su oficio. En 1917 tenía un salario decente, fruto de años de esfuerzo. Pero cada vez le preocupaban más los problemas de los otros proletarios, que no habían tenido tanta suerte como él y que seguían salvajemente explotados por los empresarios.

No dormía tranquilo desde que se había iniciado la huelga de agosto. Se quejaba y decía a sus amigos y compañeros que no podía concebir que se sacaran los cañones en las plazas madrileñas de Ventas y Cuatro Caminos, en Barcelona y en otras ciudades españolas, que muriera gente, y que él se quedara de brazos cruzados... Al final tomó la arriesgada decisión de sumarse a la huelga obrera a pesar de las sabias advertencias de mi madre. Eusebia no quería de ninguna manera que él se metiera en camisa de once varas, ya que podía jugarse su puesto de trabajo; como así fue.

Cuando su tren estaba llegando a la Estación del Norte, a escasos doscientos metros, paró las máquinas y obligó a todos los pasajeros que bajaran de los vagones en señal de protesta y en apoyo a la huelga general revolucionaria. La compañía de ferrocarriles nunca se lo perdonó y por eso le despidieron. Justo cuando yo era un recién nacido mi familia arruinada se fue a vivir a una casa muy pobre, casi una chabola, en el Puente de Vallecas, donde la desgracia se refugiaba al amparo de un mismo sufrimiento, como en todos los barrios marginados.
(fragmento del capítulo I)

viernes 30 de enero de 2009

Finalista del I Premio Literario Éride

¡Gracias, lectores!


¿Todavía no tienes Estos días azules? Para Sant Jordi, es el libro para regalar (y leer). ¡Que lo disfrutéis! ¡Y feliz día del Libro!

jueves 15 de enero de 2009

Así empieza...

Nadie en aquel autobús sabía quién era ese anciano de ochenta y siete años que, sentado en la parte de atrás, iba acariciando el envoltorio de una bella sortija que acababa de comprar en una joyería del centro. Se había levantado a media tarde con la excusa de ir a dar una vuelta, a pesar de que hacía mucho calor en Madrid y de que le dolía la espalda. Había decidido sorprender a su mujer, que esa noche cumplía ochenta años. Quería a Antonia desde el primer día que la vio, y habían pasado toda una vida juntos.

Julio se vio reflejado en la ventana del autobús. Afuera estaba anocheciendo. Se quitó cuidadosamente las gafas y se quedó mirando la intensidad del color del cielo de sus ojos, que brillaban en la oscuridad de aquel improvisado espejo urbano. Alzando un poco la barbilla se colocó bien la corbata y, luego, se atusó con los dedos su fino cabello cano. Tenía porte, con el rostro perfectamente afeitado y un fino bigote blanco, de época. La gente solía comentar su parecido al actor Paul Newman en su última película, en la que interpreta al capo de una banda de gángsteres. Julio no se consideraba ningún galán ni le gustaba que le compararan, porque era humilde. (...)

Arrimado a la ventanilla del autobús, mientras seguía acariciando el regalo, le dio un respingo al corazón al descubrir las verjas grises de un viejo asilo situado entre enormes bloques de pisos que parecían a punto de derrumbarse. Allí –pensó– todavía quedarían veteranos, ancianos que lucharon cuando eran jóvenes, probablemente abandonados por sus familiares y por el mundo. En una sombra olvidada permanecía el meollo de nuestro pasado, las historias vivas de antiguos idealistas revolucionarios o taciturnos voluntarios que se iban consumiendo sin remedio según las leyes implacables de la Naturaleza. Dentro de unos años ya no quedarían supervivientes de la guerra y se esfumarían para siempre los relatos de aquellos hombres y mujeres que lo vivieron en primera persona. Se acababa la vida arrebatando la Historia.

Aquellas sombras le entristecían. Julio se sentía tan miserable como aquella vez que, de pie sobre un malecón, se había hecho partícipe de las encrespadas olas del mar Mediterráneo que rugían por su cuñado Pepe y los últimos exiliados de aquella guerra, la guerra que perdimos.

(fragmento del principio)

sábado 22 de noviembre de 2008

En diarios y revistas







viernes 11 de abril de 2008

Presentación del libro

Las memorias de un aviador republicano


Presentaciones de libros hay muchas a lo largo del año, pero presentaciones con el autor y con el protagonista del libro no hay tantas, especialmente si los dos son nieto y abuelo.

En este caso, el pasado 25 de junio en el Museu d’Art Modern de la Diputació de Tarragona, tuvimos a Julio Bacarizo, veterano aviador de la II República, y a su nieto Breo Tosar, que presentaron junto al historiador Xavier Olloqui el libro Estos días azules. Memorias de Julio Bacarizo. Una historia de los campos de aviación de la guerra civil. La obra del joven escritor tarraconense tuvo una cálida acogida, y muchos de los asistentes aprovecharon para preguntar al protagonista cómo era la vida en los campos de aviación en la España republicana y especialmente en el Ebro, donde luchó con los bombarderos katiuskas.
Los lectores disfrutaron el encuentro con la inmensa suerte de escuchar a uno de los pocos aviadores supervivientes de la guerra civil, que al final saludó a los interesados y les dedicó varios ejemplares. Con sus noventa años, Julio Bacarizo mostró un sentido del humor espléndido para explicar su vida y una cabeza lúcida para rendir homenaje a los amigos y camaradas que murieron en los combates aéreos.
Abuelo y nieto han recogido unas memorias que explican, como el título indica, una historia de los campos de aviación de las FARE (Fuerzas Aéreas de la República Española), una historia real narrada con la agilidad de una novela de aventuras, una historia que vale la pena leer.

(artículo publicado en el Diari de Tarragona)

martes 2 de octubre de 2007

Comentarios de los lectores

jueves 6 de septiembre de 2007

¿Dónde comprar el libro?

Estos días azules. Memorias de Julio Bacarizo. Una historia de los campos de aviación de la Guerra Civil
Breo Tosar Bacarizo
Nuevos Escritores
ISBN: 978-84-96910-21-8
144 pág. Ilustrado. Apéndice fotográfico.

INTERNET:

LIBRERÍAS:

La llibreria de la Rambla, Adserà, La Capona, El Quiosc del Barri, La Casa del Libro, etc...

jueves 30 de agosto de 2007

Memorias de un héroe

Aquel periodo de juventud violada para mí fue esencial porque, entonces, con apenas diecinueve años me encontré a mí mismo. Cuando estalló la guerra yo sólo era un mozo. Puedo decir con cierto orgullo que era hijo de Tadeo Bacarizo; pero, a fin de cuentas, tan sólo era un joven que tenía toda la vida por delante.

No sé cómo explicarlo porque es algo difícil de entender. Por mucho que especulen los historiadores, tengo el convencimiento de que jamás llegaré a comprender por qué los españoles decidimos matarnos entre nosotros.

(fragmento del capítulo V)

viernes 17 de agosto de 2007

Un libro de amor

La vida no empezó cuando acabó la guerra, sino cuatro años más tarde. Madrid parecía, como todas las ciudades derrotadas, un cementerio sin lápidas, con el hedor a pólvora todavía en el aire. Huecos en las fachadas heridas acompañaban la tristeza de hombres sin rostro y de mujeres desoladas y grises, que se perdían por las calles sin rumbo buscando un hijo muerto, un enamorado que nunca volverá o quizá buscándose a sí mismas. Vagabundos honrados simulaban escribir versos en la buhardilla de un edificio viejo, vapuleado por las bombas del odio. Caminantes afligidos se lanzaban al vacío sin esperar nada ya de un mundo cruel. Otros, quizá la mayoría, intentaban rehacer su vida bajo el severo control del régimen, arrastrando los pies a cada paso, ocultando la mirada como si nada hubiese pasado.

Yo entonces no buscaba nada. Quizá por eso, porque no lo buscaba, lo encontré. Apareció el amor una mañana de primavera de 1943. Ella estaba sentada en un banco de madera a la sombra de un andén de la estación de Bilbao, sin mirar a nadie, como si no se diera cuenta de su belleza. De alguna manera, ella iluminaba la estación. No tenía veinte años y parecía un ángel. El cabello castaño suelto en los hombros recordaba a una diosa. Era indescriptiblemente preciosa. En unos segundos parecía que todo dejaba de existir a mi alrededor. Era como si el Arquitecto del mundo, en su infinita paciencia, hubiera preparado ese dulce encuentro desde antes de crear el universo. Quien crea que uno elige el amor cuándo quiere, dónde quiere y cómo quiere, está muy equivocado. Porque es exactamente al revés. Es el amor el que nos escoge a nosotros. Ya sé que hoy casi nadie cree en los flechazos de amor, pero puedo asegurar que, al menos yo, volví a nacer el día en que vi por primera vez a Antonia Jiménez Jurado, tu abuela.Me parecieron eternos los segundos en que tuve que decidir si quedarme de pie a unos metros de ella, como si nada, o arriesgarme a la locura de la seducción. La verdad era que vestido de mecánico no estaba en las mejores condiciones para el romance –pero uno sabe que momentos mágicos como ese, en la vida, se pueden contar con los dedos de una mano y no hay que desaprovecharlos.

(fragmento del capítulo XVI)

lunes 30 de julio de 2007

La poesía en el frente

La última noche que pasé allí fue maravillosa. Llegó a nuestra base el gran poeta de Orihuela, Miguel Hernández. Nos sentamos en la sala común del edificio militar de la base aérea, que estaba repleta de sillas orientadas a un remedo de cadalso. No cabía ni un alfiler. Los que llegaron más tarde tuvieron que quedarse atrás, de pie. Y algunos, más espabilados, nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas, delante de la primera fila, para ver de cerca al poeta comprometido. Todos nos callamos, por respeto y admiración, cuando anunciaron la llegada del autor de la Elegía a Ramón Sijé: “compañero del alma, compañero”.

Nos pusimos a aplaudir en el momento en que Miguel Hernández entró y se subió al cadalso. El poeta del pueblo sonrió y nos saludó en forma de agradecimiento. Esperó unos instantes a que hubiera un completo silencio para comenzar la arenga. Él estaba a un metro de mí. Aunque no recuerdo con exactitud las facciones de su rostro moreno, tengo grabada en la memoria su forma de hablar, su elegancia y la seguridad de su tono de voz. La voz del poeta es inolvidable.

Primero habló sobre el sentido de nuestra lucha, de nuestro trabajo como aviadores de las FARE, de la importancia de combatir unidos por la libertad de nuestra patria, amenazada de muerte por la bota de los militares sublevados tan afines al nazismo alemán y al fascismo italiano. La nación española tenía un gran pasado histórico y había conseguido una democracia liberal con grandes avances sociales y políticos y, ahora, por el capricho de Franco no podía convertirse en un país fascista amigo de Hitler y Mussolini. España tenía que ser hoy y siempre republicana y libre. Me sentí muy afortunado de estar ahí, y no en ningún otro sitio.

El poeta alzó el tono de voz y dijo que nuestras madres tenían que estar muy orgullosas de nosotros. Ellas se habían sacrificado mucho y no podíamos fallarlas. Estallaron más aplausos y Miguel Hernández volvió a sonreír. Y luego dijo serenamente:

–Voy a recitaros un poema.

Callamos con sumo respeto y admiración. La poesía debe cuidarse en el momento en que se lee o se recita. No puede ser de otra manera. Y, con una voz que jamás podré olvidar, finalizó con unos estremecedores versos:

...Pero en los negros rincones,
en los más negros, se tienden
a llorar por los caídos
madres que les dieron leche,
hermanas que los lavaron,
novias que han sido de nieve
y que se han vuelto de luto
y que se han vuelto de fiebre;
desconcertadas viudas,
desparramadas mujeres,
cartas y fotografías
que los expresan fielmente,
donde los ojos se rompen
de tanto ver y no verles,
de tanta lágrima muda
de tanta hermosura ausente.



Sus palabras llenaron de lágrimas aquella insuperable velada literaria. Llevábamos meses fuera de nuestros hogares, abandonados en un sórdido desarraigo donde sólo había destrucción y maldad, muerte infecunda. En un mundo donde el diálogo era inútil no cabía el respeto ni el amor. Por eso se me humedecen los ojos cada vez que recuerdo su arenga y leo estos versos de Miguel Hernández. Muchos de nosotros, aviadores republicanos, jamás podremos olvidar aquella voz del poeta del pueblo, que clamaba tanta esperanza. Entonces él no sabía que iba a morir en pocos años de tuberculosis en la prisión de Alicante, como un condenado a muerte. A un poeta se le puede quitar todo, menos la palabra.

Nuestros corazones aquella noche se impregnaron de sueños, como el del soldado que quería regresar a casa victorioso. Aquel soldado éramos todos.
Poco después apareció no sé dónde un libro de cubierta blanca titulado Poetas en la España leal, donde estaban impresos estos grandes versos de Miguel Hernández y otros de Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre y también del Poeta que quiso rememorar la muerte en Granada. Aquel libro de poesía condenaba con fuerza la crueldad de aquella triste, triste, guerra.


(fragmento del capítulo IX)

viernes 1 de junio de 2007

Estos días azules y este sol de mi infancia

A veces la vida nos empuja a situaciones que creíamos haber leído antes, en alguna parte. Entonces todo parece un cuento y nos encontramos de pronto en algún capítulo de la novela de nuestra vida, escrita mucho antes y vivida ahora por primera vez. Pero a veces ocurre lo contrario. Leemos algo que ya hemos vivido, quizá un verso, y las palabras se diluyen en la frágil frontera de la memoria y los sueños.
Porque el primer verso de un poeta puede suscitar infinidad de historias, pero su último verso, el que se despide del mundo, puede resumir toda una vida.

La historia que te voy a contar ocurrió de verdad, aunque otros ya la han explicado antes desde otros puntos de vista, con mejor o peor fortuna. No es la historia de los generales del ejército ni la de los políticos afamados, sino la de un proletario que luchó en la guerra civil para defender los ideales de su padre. Es mi historia, o lo que yo recuerdo de ella.

sábado 26 de mayo de 2007

Una historia de aviadores

No recuerdo cuándo fue la primera vez que mi abuelo me contó su historia. Debía ser muy pequeño, porque si no lo recordaría. Él solía explicarme sus aventuras decenas de veces, siempre con los mismos gestos y con las mismas miradas. Nunca omitía ningún detalle que no hubiera contado antes. Incluso lo más nimio, como los numerosos datos técnicos de los aviones de la guerra civil, se lo sabía de memoria...


Los mecánicos de aviación, quizá por la humildad de su posición, son los grandes desconocidos de nuestra historia que dieron la posibilidad de la gloria a los ases republicanos y nacionales, en su lucha por conquistar el cielo. Las batallas del aire no las libraban sólo los pilotos de cazas o de bombarderos, sino también todos los trabajadores, mecánicos, ayudantes, armeros, observadores, que preparaban sin descanso los motores y la artillería de los héroes de la aviación. Estas memorias pretenden rendir homenaje a aquellos teloneros del aire que, como Julio, trabajaron día y noche para abrir el espectáculo antes de la actuación principal. En estas páginas, por tanto, las vivencias de un humilde mecánico y aviador republicano quedarán expuestas en toda su desnudez para que el lector, consciente de los equívocos de la memoria, reviva esos sucesos históricos como mi abuelo los contaba.

Aunque jamás escribió su historia de puño y letra, la contó infinidad de veces a sus nietos porque sabía lo importante que es aprender a escuchar.

jueves 26 de abril de 2007

Próximamente...



Una historia de un aviador republicano que luchó para defender la democracia en España. Una historia de los héroes que dieron su vida en el aire y en los campos de aviación de la Guerra Civil. Una historia de aquellos días azules...