En una ciudad a veces nos impactan las cosas más sencillas e insignificantes. No son los grandes edificios ni los famosos monumentos los que nos tocan por dentro, sino aquellas pequeñas cosas como una cafetería donde compartimos momentos tan especiales, aquel puente de piedra que nos llevaba a casa, aquella bicicleta que se perdía por los bosques de Dalarna...El poeta Pedro Salinas visitó Tarragona en los años treinta, y escribió unas líneas sobre una de las joyas del Museo Arqueológico, una simple muñeca romana de marfil que perteneció a una niña desconocida hace miles de años, pero que a él le impactó profundamente.
....aquella cosa frágil, infantil, preciosa, destinada no más que al juego y a la intrascendencia, me conmovió enormemente, al verla así salvada del tiempo, más que muchos monumentos triunfales. Y sigue conmoviéndome hoy, y me alegro infinito de que la veas. Ojalá se puedan salvar así del tiempo otras cosas extremadamente preciosas y difíciles, hechas por el puro placer, por el puro amor.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada